domingo, 7 de febrero de 2010

Aprende a Fracasar



Aprender a fracasar

"El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin
desesperarse" , decía el conocido estadista e
historiador británico Winston Churchill.

Nadie puede decir que no fracasa nunca, o que fracasa
pocas veces. El fracaso es algo que va ligado a la
limitación de la condición humana, y lo normal es que
todos los hombres lo constaten con frecuencia cada
día. Por eso, los que puede decirse que triunfan en la
vida no es porque no fracasen nunca, o lo hagan muy
pocas veces: si triunfan es porque han aprendido a
superar esos pequeños y constantes fracasos que van
surgiendo, se quiera o no, en la vida de todo hombre
normal. Los que, por el contrario, fracasan en la vida
son aquellos que con cada pequeño fracaso, en vez de
sacar experiencia, se van hundiendo un poco más.

Triunfar es aprender a fracasar. El éxito en la vida
viene de saber afrontar las inevitables faltas de
éxito del vivir de cada día. De esta curiosa paradoja
depende en mucho el acierto en el vivir. Cada
frustración, cada descalabro, cada contrariedad, cada
desilusión, lleva consigo el germen de una infinidad
de capacidades humanas desconocidas, sobre las que los
espíritus pacientes y decididos han sabido ir
edificando lo mejor de sus vidas.

Las dificultades de la vida juegan, en cierta manera,
a nuestro favor. El fracaso hace lucir ante uno mismo
la propia limitación y, al tiempo, nos brinda la
oportunidad de superarnos, de dar lo mejor de nosotros
mismos. Es así, en medio de un entorno en el que no
todo nos viene dado, como se como se va curtiendo el
carácter, como va adquiriendo fuerza y autenticidad.

Sería una completa ingenuidad dejar que la vida se
diluyera en una desesperada búsqueda de algo tan
utópico como es el deseo de permanecer en un estado de
euforia permanente, o de continuos sentimientos
agradables. Quien pensara así, estaría casi siempre
triste, se sentiría desgraciado, y los que le rodeen
probablemente acabarían estándolo también.

Como decía G. von Le Fort, hay una dicha clara y otra
oscura, pero el hombre incapaz de saborear la oscura,
tampoco es capaz de saborear la clara. O como decía
Quevedo, el que quiere de esta vida todas las cosas a
su gusto, tendrá muchos disgustos.

Por eso, en la tarea de educar el propio carácter, o
el de los hijos, es muy importante no caer en ninguna
especie de neurosis perfeccionista.

No se trata, por ejemplo, de educar a un hijo para que
jamás suspenda o jamás rompa un plato, sino más bien
para que se esmere en ser un buen estudiante y procure
que no se le caiga el plato; y -sobre todo- para que
sepa sacar fuerza de cada error y sea capaz de volver
a estudiar con ilusión a pesar de un suspenso, o de
recoger los pedazos del plato que se le ha caído.

Porque errores los cometemos todos. La diferencia es
que unos sacan de ellos enseñanza para el futuro y
humildad, mientras que otros sólo obtienen amargura y
pesimismo. El éxito, volvemos a repetir, está en la
capacidad de superar los tropiezos con deportividad.

Da pena ver a personas inteligentes venirse abajo y
abandonar una carrera o una oposición al primer
suspenso; a chicos o chicas jóvenes que fracasan en su
primer noviazgo y maldicen contra toda la humanidad; a
aquellos otros que no pueden soportar un pequeño
batacazo en su brillante carrera triunfadora en la
amistad, o en lo afectivo, o en lo profesional, y se
hunden miserablemente: el mayor de los fracasos suele
ser dejar de hacer las cosas por miedo a fracasar-